domingo, 2 de noviembre de 2014

0006 LA RANA OBSESIONADA.

LA RANA OBSESIONADA.


En los alrededores de la villa de los tres castillos discurre el río Manzanares que toma su nombre de la población homónima. Al pié de la sierra de Guadarrama, el territorio de Manzanares el Real está recorrido por numerosos arroyos y cursos de agua de caudal irregular que en primavera, con el deshielo, llegan a su máximo. Pueblo dinámico estaba en contacto permanente, a través de frecuentados caminos marcados por millares de rodadas y pisadas, con las ciudades de Ávila, Segovia y Madrid.

A media legua de su casco urbano, siguiendo una de estas vías, había un cruce si no recuerdo mal. El camino que confluía con la carretera llevaba, cruzando un puentecillo sobre un arroyuelo, a una venta conocida como "la del Farol" porque había uno donde comenzaba el puente y que era visible desde el cruce. El lugar cambió poco con los siglos y lo hizo sosegadamente, primero una cosa y luego otra, y así a las recuas de mulas y a las carretas las fueron sustituyendo vehículos automóviles, más ruidosos y más rápidos, que no precisaban de la tracción de semovientes; y la luz eléctrica reemplazó al queroseno del farol del puente.


El arroyo casi nunca se secaba y si eso ocurría quedaban pozas que daban refugio y de beber a una fauna y flora variopinta. El curso del mismo discurría entre empinadas orillas cubiertas de vegetación que hacían incómoda su utilización para el baño de los chavales, en particular por la alta densidad de ortigas. Estas circunstancias habían permitido que se estableciese una importante población de batracios y otras menores de tritones, salamandras, lacértidos, ofidios, roedores y mustélidos. Los insectos, de todo tipo y los pececillos que se movían entre las aguas cristalinas y frías alimentaban a tan variado vecindario.

Los días transcurrían y los acontecimientos se sucedían monótonos, sin grandes novedades. Nuestra protagonista era una rana ni grande ni pequeña. No era tampoco popular ni impopular. Tenía sus conocidas y entre éstas alguna amiga. Las ranas tienen unos nombres impronunciables así que la conoceremos como Jazmín que creo que era el significado del croar con el que la llamaban las demás. Pues si Jazmín tenía alguna seña característica, ésta era la testarudez.

Por entonces se comentaba la presencia en aquel tramo del riachuelo de una gran polilla de aspecto inmejorable. Todas alababan sus distintas partes que les parecían increíblemente apetitosas. Jazmín escuchaba a sus hermanas y amigas pero no le daba mucha importancia. Si era tal el manjar no iba a durar mucho tiempo. Nenúfar o Adelfa, que eran muy hábiles y rápidas, darían buena cuenta de ella. "No lo creas. Lo han intentado ya varias veces sin éxito. Ese insecto vuela alto y muy rápido " la decían.

Un atardecer algo agobiante, tras un día muy caluroso, Jazmín vio una silueta a contraluz. Poco a poco fue apreciando más y más detalles. No podía ser. Y sin embargo lo era. ¡Era real!  Aquel insecto soberbio estaba allí, frente a ella. Aleteaba rápido, con fuerza en un vuelo obstinado por no alejarse del farol que se acababa de encender. Describía órbitas irregulares sin para y sin apreciarse que mermara su vigor.

Jazmín quedó extasiada. Desde ese momento no pudo quitarse de la cabeza aquella imagen embriagadora. Para ella, casi siempre fría y racional, aquella obsesión le provocaba una extraña sensación de vértigo. Sus vecinos del arroyo la observaban divertidos. Eso le daba igual. Atraparía a ese animal. Se la veía sana, apetecible y seguramente estaría deliciosa.

Era fundamental organizarlo bien. Otras mejor dotadas físicamente para la caza habían fracasado. Pero ella era más inteligente. Ante todo había que observar, luego planificar y finalmente actuar según lo resuelto. Así, sin demora, trató de no perder de vista al objeto de sus desvelos. Se llevó más de un disgusto y en un par de ocasiones se vio burlada. Su adversario era muy escurridizo. Sin embargo, la polilla era predecible.

Las colegas de Jazmín notaron un cambio en su comportamiento. Como la conocían se temieron que se le hubiera metido en la cabeza lo que ya era un hecho. Sabían que podía descuidar su descanso y sus comidas por su obsesión y temían que se volviera descuidada y acabara en la panza de alguna culebra o de alguna nutria. Le hablaron de ello pero Jazmín amablemente pareció escucharlas mientras tenía la mente puesta en su objetivo. Eso decepcionó a sus interlocutoras que poco a poco se fueron distanciando de ella.

A la polilla le atraía la luz del farol. En ese momento era vulnerable. Tenía que apostarse antes de que ella o sus congéneres llegasen y pudieran advertir su presencia. Hizo una prueba y efectivamente pasaba inadvertida pero la luz del aparato le cegaba. Aún podía hacerse con su presa. Su aleteo era tan potente que podía distinguirlo perfectamente y guiarse por el oído. Sólo tendría una oportunidad.

Esa tarde acudió al lugar. Iba a ser un duelo emocionante. La polilla seguramente sabría que una nueva rana trataba de zampársela, los rumores en el arroyo se propagaban a una velocidad inimaginable, pero eso no sería una novedad para ella. Confiaría en sus aptitudes sobresalientes para escapar airosa de nuevo. No dejaría de acudir a su ceremonia con la luz. Tal vez cambiaría de hora o algún conocido inspeccionaría primero el terreno. Aguardó pacientemente. La luz le quemaba los ojos, pero eso era transitorio. Permaneció inmóvil. Unas horas más tarde oyó al insecto. Siguió el sonido y fue haciendo registro mental de su vuelo. Se sorprendió de la facilidad con la que visionaba la danza sobre ella en torno al farol. Un rato más tarde la oyó alejarse.

Necesitó algunas horas para recuperar la visión. Estaba contenta y con apetito. Se almorzó dos moscas y descansó a la sombra. Esa noche completaría su gesta. Con toda la tranquilidad del que se sabe vencedor se colocó en su acechadero bastante temprano y aguardó agazapada. En esta ocasión la polilla se demoró en aparecer y lo hizo cerca del amanecer. Jazmín temía que las patas se le quedaran entumecidas pues no podía arriesgarse a hacer ejercicios de estiramiento para no delatar su posición. Escuchó el sonido ansiado, aquel aletear poderoso, pero no tanto como para que escapara de ella. Había empezado a danzar en su proximidad. Una vuelta a la izquierda, un ascenso, un tonel, vuelta a la derecha y... ¡ese era el momento!. Jazmín dio un salto increíble y en el mismo instante que su boca se vio fuera del agua la abrió para que unos instantes antes de llegar al punto más alto de la parábola lanzase su lengua pegajosa y agarrase a la polilla. Cuando entró de nuevo en el agua ya se la estaba comiendo.



La disfrutó como el mejor de sus almuerzos. No es que estuviera tan deliciosa como se esperaba, era que el esfuerzo había merecido la pena. Había hecho el salto de su vida y, sin ver, pues tantas horas de resplandor le habían anulado este sentido. Cegada por la luz y ebria por el triunfo no se dio cuenta de que cerca de ella había una cigüeña que no podía dar crédito a lo que había presenciado: un batracio había saltado delante de sus narices, en lugar de seguir escondida, y ahora permanecía tranquila ante su depredador. Tras dudar un segundo lanzó su pico y se zampó a la rana.

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