Me he preguntado en ocasiones por qué escribo. Nunca, por qué soy escritor, pues estoy muy lejos de serlo. Sin embargo, no podía esperarme que otra persona me sacara el tema. En mis círculos pocos saben que lo hago y sólo Isabel conoce una parte significativa de "mi obra". Así que el otro día, cuando se me acercó en la calle decididamente una jovencita pelirroja de si acaso una veintena y me saludó y, sin apenas escuchar mi respuesta, me largó que tenía que hablar conmigo, y me llamó por mi nombre, yo me quede pasmado.
Estaba aún tratando de asimilar qué estaba pasando cuando me vi arrastrado al interior de un local donde alrededor de tres mesas juntas habían varios jóvenes más que parecían esperarnos. Se fueron presentando educadamente mientras yo seguía desconociendo qué hacía y me imaginaba que los demás clientes debían vernos como una tertulia de un maestro con sus alumnos. La cosa es que no me quedé con ningún nombre cuando lo más probable, pensado a posteriori, era que supiera los de la mayoría. Cuando me senté hubo un momento de silencio. Yo ignorante de que iba todo aquello, aguardaba que me explicaran algo. Al final me tocó hablar el primero.
- Y, ¿bien? - pregunté.
- Eso quisiéramos saber - me respondió la misma chica pelirroja que me había secuestrado.
- No entiendo - insistí.
Ellos se miraron entre sí. Algunos cuchichearon sin que pudiera escucharles. Había mucho ruido pues el local se estaba llenando. Otra muchacha de la misma edad aproximadamente que la primera, de cabellos negros recogidos en una elegante cola de caballo y con unos ojos azules, grandes y casi sin pupilas me llamó por mi nombre y me dijo que estaban allí porque necesitaban que terminase determinados relatos.
- ¿Por qué ha dejado de escribir?. O tal vez sería más apropiado ¿por qué escribe usted?.
No podía dar crédito a lo que oía. Claro que lo más apropiado hubiera sido no dar crédito a lo que veía. Sin haber contestado sé que oí que me decían que no demorara más la conclusión de la historia. Todo se quedó oscuro por un par de segundos y me encontré en el salón de mi casa, sentado en mi butaca.
Si fue sueño o no, no lo sé. Lo vi y sentí todo de una manera tan real que aún me sobrecojo al pensarlo. Satu y Nina me habían hablado. También reconocí a Teresa, Erika, Juan, Kristian, Karl y podría seguir. Creo que fueron Isabella y Gesine las que estaban sentadas a mi izquierda y a mi derecha e impidieron que me diera con la mesa en los morros. El caso es que tendré que terminar mis cuentos a fin de poner a cada uno en su sitio.

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